Qué extraño regresar al propio nombre
con la memoria al cinto y sin plegarias
para encontrar audiencia entre las piedras,
con la mirada eterna a parte alguna.
Qué extraño no poder vivir más vidas
que la propia, la única improbable,
la sólita del alma y el destierro
cuando todo te nombra y te interroga.
¿Adónde estás, abuelo? ¿Y tus olivas,
o tus cuentos del África y la guerra,
ya que nunca los tuve entre mis manos?
¿Yo? Tengo tu mirada ―me lo dicen―
ahora, que es la hora en que las piedras
dictan su veredicto.
3 comentarios:
Querido amigo Enrico:
Por fin me he decidido a pasarme por tu espacio. Sabía que aquí encontraría tus versos sublimes y no me equivoqué. Lo leeré todo. Un abrazo:
Tadeo
José Tadeo, gracias por pasar y dejar, además, tan amable comentario. Seguramente seguiremos encontrándonos en este camino poético. Un abrazo, amigo...
E.E.
Me ha guatado encontrar tu log y tus versos, seguire visitandote
un abrazo, Stella
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