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Quizás estas malditas ganas de ser montaña



Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
R. Darío


Quizás estas malditas ganas de ser montaña
y musgo de montaña se convierta evangelio
una noche cualquiera que sienta tanto frío
que la necesidad de un dios humano y frágil
arrope lo que queda de la fe
y la fe misma
y me siente a tomar café de párpados
con Huidobro
bajo una tarde escrita por los árboles.

Pero, hoy, la oración que rezo duele
como el canto feliz de la chicharra
o la marcha callada de las manos
y pareciera que el mismísimo Vallejo
escribe los insomnios en que habito.

Lo cierto es que me obligo a levantarme
con todo mi sudor a cuestas a reírme
y me río,
me río del asombro que se nace
a los pies de la cama y del ladrido
de un soñador que busca deslunar
el mundo.

Y me río,
me río, sí,
me río de la sombra que me ata los cordones
de los zapatos, peina los secretos
de mis locuras, suda las urgencias
de las metáforas y las metáforas
las guardo en un bolsillo
y me siento
a esperar la mañana, que desciende
con la actitud del agua y de la alondra.



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Has venido hasta mí




Has venido hasta mí como un aroma
de frutas tempranísimas de enero
a descolgar naranjas y relojes
así, de pronto,
incendiando mis labios de impudicias

―porque creo en el verso y en la piel

porque aún puedo recitar sonetos
a la lluvia
e inventar nuevas formas en el agua―

Has venido hasta mí como una herida,

como un rayo que estalla desmedido
poblando de febreros los abrazos
y quebrándome,
de forma despiadada, las prudencias

―porque me quedan sortilegios,

alguna melodía no entonada
en medio del silencio o del orgasmo―

Has venido hasta mí y yo me encuentro
inesperadamente con mi rostro

acusándome

por no romper el verso y el poema
y cruzar las fronteras ,

a tu cama.


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Ha salido la misa





Ha salido la misa. El campanario




inicia su oración en las montañas




y me pregunto si el sonido, ayer,




era el mismo,




si suena más cansado en mi silencio




o todavía guarda entre sus ondas




alguna queja en sepia



dormida en las vendimias.








¿Cuánto de mí habita entre los mármoles,




en la humedad del eco en las bodegas,




en el vino añejado en otros tiempos




por unas manos casi mías?





¿Cuánto de mí retrata mi silueta?




¿Cuántos adioses caben en el alma?









Ha salido la misa.




Todos hablan de impuestos y banderas,




alguno tose





―en el idioma azul de las olivas―




y ninguno se entera que, en el viento,





el tren ha respondido a las campanas.
 
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