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Nunca aprendí la lengua del silencio


A R.M.

Nunca aprendí la lengua del silencio,
por eso callo a media voz
ante la rosa azul de los poetas,
las formas que la ola desdibuja
en las arenas tibias, cuando largan
suspiros a lejanos encantos y sonrisas,
y las lluvias de agosto y los crepúsculos.

Por eso entenderás lo inevitable
que resulta decir a media voz
las cosas que el silencio comunica,
con la antigua virtud de los carteros
y la alegría de las mariposas,
cuando callo, diciendo que te amo.



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Tú también lo presientes


A mi hermana, Carmela


Tú también lo presientes.

También tú te preguntas por el patio trasero:
¿Cuándo olvidaron nuestras casas
respirar? ¿Dónde está la galería
de los verdes, la rosa, la casita
de los pájaros,
el tiesto de albahaca o de tomillo,
dónde la voz del tinajero triste
y los perfumes de la pomarrosa?

¿Qué invierno se llevó la mesa grande,
la de las fiestas familiares,
la mecedora de la abuela, el tilo
con sus hojas de acero y el columpio
que le nació de pronto entre las ramas?

¿Qué boca oscura se tragó las medias
largas y los pantaloncillos cortos,
el papagayo azul de cola a lazos
y la guirnalda
de ajos que colgaba en la cocina?

Tú también lo presientes.

Ya no tienes las trenzas colgadas lado a lado
en tu cabeza y ya volaron los lunares
blancos de tu vestido rojo
junto a las golondrinas que pasaban
rumbo al sur de los párpados,
como todos alguna vez.

¡Y tanto que creímos en los versos!

Caminamos vestidos con el gris del concreto,
a un paso de la plaza y la nostalgia,
dibujando las prisas del verano
en las puertas
de una iglesia cansada, que en su cima
se brota o se brotaba
una bandada de palomas blancas
escapando un instante antes que den las cinco,
confundidas,
porque ha tiempo que el tantán
ya no puebla el campanario.

Tú también lo presientes
porque creías en los versos,
porque hacer un poema compelía
a reinventarse uno mismo
y así,
de pronto, darse cuenta que el paisaje
son los ojos curiosos del pequeño
que todavía busca en cada casa
que habita, desde entonces,
el patio donde juega a la esperanza
justo al lado,
lado a lado,
de la hermana mayor.


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Sortilegio Mayor para la roca inerte


Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
R. Darío

Cierra, roca insensible, en duro seno,
la benévola faz del tempo grave
y al frío corazón guarda la llave
en los profundos valles del veneno.

Describe tu perfil de siglos lleno
con ansia mineral de ignota clave
que suponga solaz, y al son del ave
naciente ya tu alud no tenga freno.

Florecida tu forma en el latido
del alma sensitiva tengas muerte
en la conciencia viva de las cosas;

y en la noble virtud del tiempo ido
posea tu ideal el brazo fuerte,
como la antigua esencia de las rosas.


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Hubiera sido suficiente



Hubiera sido suficiente amar
sin invocar leyendas suburbanas,
extender la mirada y no mirarte,
quedarme en el insomnio y en el vino,
escribir un poema en un cuaderno
y exiliarme en la lluvia y la palabra
para entender que la memoria
es como un cáliz de cristal
palpablemente lleno
de olvidos.

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Al nonno Benigno




Qué extraño regresar al propio nombre
con la memoria al cinto y sin plegarias
para encontrar audiencia entre las piedras,
con la mirada eterna a parte alguna.

Qué extraño no poder vivir más vidas
que la propia, la única improbable,
la sólita del alma y el destierro
cuando todo te nombra y te interroga.

¿Adónde estás, abuelo? ¿Y tus olivas,
o tus cuentos del África y la guerra,
ya que nunca los tuve entre mis manos?

¿Yo? Tengo tu mirada ―me lo dicen―
ahora, que es la hora en que las piedras
dictan su veredicto.


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Un día tú decides



Un día tú decides por ti mismo
que los días no caben en tus manos
y que el mundo te espera como espera
 una mujer enamorada el beso,
como espera el inverno las tristezas
o el poeta
la metáfora,
entonces la mirada es un bolsillo
donde guardar antiguos calendarios
y la voz se endurece como un viaje
que se emprende sin brújulas y a pie
hacia donde los ecos no regresan.

Y partes a buscar la propia sombra
con un dejo de duda en la alegría,
con dos besos de arcilla en los zapatos
y el día desbordado entre tus dedos

sin pesares,
porque sabes que el tiempo es sólo tiempo
y la vida es un paso hacia el olvido
mientras aprendes que los vientos dicen
tu nombre en las ventanas,
que el sabor de la menta es tu niñez
y el chocolate se parece
a la actitud de una mujer desnuda
en medio de la noche o el azul

y así te vas
jugando a ser tú mismo por caminos
de imposibles paisajes, intentando
cambiar de estampa o de corbata
con un simple ademán indiferente,
casi al descuido,
casi como la tarde cae

o la lluvia.


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Quizás estas malditas ganas de ser montaña



Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
R. Darío


Quizás estas malditas ganas de ser montaña
y musgo de montaña se convierta evangelio
una noche cualquiera que sienta tanto frío
que la necesidad de un dios humano y frágil
arrope lo que queda de la fe
y la fe misma
y me siente a tomar café de párpados
con Huidobro
bajo una tarde escrita por los árboles.

Pero, hoy, la oración que rezo duele
como el canto feliz de la chicharra
o la marcha callada de las manos
y pareciera que el mismísimo Vallejo
escribe los insomnios en que habito.

Lo cierto es que me obligo a levantarme
con todo mi sudor a cuestas a reírme
y me río,
me río del asombro que se nace
a los pies de la cama y del ladrido
de un soñador que busca deslunar
el mundo.

Y me río,
me río, sí,
me río de la sombra que me ata los cordones
de los zapatos, peina los secretos
de mis locuras, suda las urgencias
de las metáforas y las metáforas
las guardo en un bolsillo
y me siento
a esperar la mañana, que desciende
con la actitud del agua y de la alondra.



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Has venido hasta mí




Has venido hasta mí como un aroma
de frutas tempranísimas de enero
a descolgar naranjas y relojes
así, de pronto,
incendiando mis labios de impudicias

―porque creo en el verso y en la piel

porque aún puedo recitar sonetos
a la lluvia
e inventar nuevas formas en el agua―

Has venido hasta mí como una herida,

como un rayo que estalla desmedido
poblando de febreros los abrazos
y quebrándome,
de forma despiadada, las prudencias

―porque me quedan sortilegios,

alguna melodía no entonada
en medio del silencio o del orgasmo―

Has venido hasta mí y yo me encuentro
inesperadamente con mi rostro

acusándome

por no romper el verso y el poema
y cruzar las fronteras ,

a tu cama.


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Ha salido la misa





Ha salido la misa. El campanario




inicia su oración en las montañas




y me pregunto si el sonido, ayer,




era el mismo,




si suena más cansado en mi silencio




o todavía guarda entre sus ondas




alguna queja en sepia



dormida en las vendimias.








¿Cuánto de mí habita entre los mármoles,




en la humedad del eco en las bodegas,




en el vino añejado en otros tiempos




por unas manos casi mías?





¿Cuánto de mí retrata mi silueta?




¿Cuántos adioses caben en el alma?









Ha salido la misa.




Todos hablan de impuestos y banderas,




alguno tose





―en el idioma azul de las olivas―




y ninguno se entera que, en el viento,





el tren ha respondido a las campanas.

De noche





De noche,



salimos de la mano a la ciudad



a caminar silencios, como extraños del mundo.




Tú vas llena de besos alunados



porque no ignoras el amor que crece



en la región delgada de la calle



y dibujas la luz de las farolas



en toda insinuación azul



que vuela entre nosotros,



llevas algún asombro en tu cartera



y caen de tu chal nuevos tremores



cuando un largo suspiro me rescata.


 
  
 -Hermosa está la noche



 -Muy hermosa



Digo. Dices;



y un nuevo espacio nace en el silencio



que un beso ajeno llena






y expande.







 
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